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lunes, 24 de septiembre de 2012

LOS MISTERIOS DEL HANGAR Nº 7



Consuélate si tu día ha sido malo, pues el día 4 de junio de 1942, del oficial piloto japonés del portaviones Ryujo, Tadayoshi Koga fue aún peor…

Tadayoshi Koga

Volando en un A6M Zero, en el ataque de dicho día a Dutch Harbor en las Aleutianas, fue alcanzado, muy posiblemente, por fuego desde tierra. Dañadas las líneas de combustible y con impactos en el motor, decidió aterrizar de emergencia en la cercana isla de Akutan, lugar designado como tal por los planificadores japoneses del ataque, y con un submarino cerca para rescatar a los pilotos abatidos. Todo debería haber ido como la seda, pero la gran humedad y blandura del terreno propiciaron que el aterrizaje con el tren desplegado del Zero, en vez de resolverse felizmente, o terminar como mucho con el popular “caballito”, acabase de forma trágica: con el caza volcado y el cuerpo de Koga, sin vida, en el interior, víctima de una fractura de primeras vértebras cervicales. Sus compañeros de vuelo, pensando que podría seguir vivo, optaron por no destruir los restos. Fue un gran error.

el Zero de Akutan.

El 10 de junio de 1942, el PBY Catalina del teniente William Theis, por azar, pues se había perdido, encontró los restos del caza nipón. Al volver a la base reportó su hallazgo, e informó que el caza no parecía estar muy dañado. Tras dos intentos de rescate, el 15 de junio de 1942, el caza fue recuperado, y enviado a Dutch Harbor, y de ahí, mediante el USS St Mihiel a Seattle y San Diego. Fue un extraordinario golpe de buena suerte.

el teniente William Theis, a la izquierda.

Hasta los primeros meses de 1942 muchos analistas británicos y americanos creían fervientemente que los aviones japoneses eran burdas copias de los occidentales, y como muy avanzado, tenían monoplanos de tren de aterrizaje fijo, y sorprendentemente muchos aseguraban, que los japoneses debido a sus ojos rasgados serían malos pilotos. Entró Japón en guerra, y fue la debacle.

lo que se pensaba que tenían los japoneses, a fecha de marzo de 1941.

Sus cazas principales, el Mitsubishi A6M Zero y el Nakajima Ki-43 eran soberbios; y no sólo eso, sino que parecía que podían alcanzar distancias impensables para cualquier caza conocido. Muy maniobrables, con armamento más que adecuado, y con una velocidad y maniobrabilidad enormes. Y no sólo los cazas, sino también sus aparatos de bombardeo, que mostraban diseños muy modernos y funcionales. Estaba claro que se desconocía casi todo de la industria aeronáutica japonesa, y tal confianza y desconocimiento de preguerra muy bien podía costar la derrota.

No es esta una historia sobre el que sería conocido como el “Zero de Akutan”. Sólo mencionar que, reconstruido, realizaría su primer vuelo con sus nuevos propietarios, el 20 de septiembre de 1942, a los mandos del capitán de corbeta Eddie R. Sanders, mostrando sus cualidades y virtudes contra otros cazas del arsenal aliado, sino también sus defectos y las “trampas” de los diseñadores japoneses, y muy en especial la práctica ausencia de blindaje, de depósitos autosellantes y radios de gran alcance. Cierto es que muchos de sus defectos, como por ejemplo, la vulnerable localización de los depósitos de oxígeno del piloto, detrás de la cabina, y sin protección, ya eran bien conocidos por los pilotos aliados, pero el conocimiento, de primera mano del mismo reportaba conocimientos invaluables. Tristemente este ejemplar se perdería en un curioso accidente en febrero de 1945: mientras iba por una pista de rodadura hacia la de despegue, el Curtiss SB2C Helldiver que iba detrás perdió el control, haciendo pedazos con su masiva hélice al Zero.

El Zero de Akutan, de nuevo en funcionamiento...con nuevos porpietarios.

Pero no bastaba sólo con un solo A6M Zero. Era preciso estudiar y conocer cada aeronave del arsenal japonés, y establecer una línea fluida de información entre los cerebritos de retaguardia y los hombres que día a día se tenían que jugar la piel contra estas máquinas. Y aquí nació, a finales de 1942, ATAIU,  Air Technical Allied Inteligente Unit. (también se puede encontrar en archivos y libros como ATIU o TIU).

Antes de seguir, se debe recordar cuáles eran los tipos principales de cazas aliados en el teatro del Pacífico en esas fechas. Olvidaros de P-47s, P-38s, y Mustangs, y también de Spitfires…la mayoría de las unidades americanas volaban con el venerable P-40, o peor aún, con una mezcolanza de P-39s y P-400s airacobras (la mayoría de los gurpos de caza no los soltarían hasta bien entrado 1944). Los P-38 Lightning comenzaban a llegar con cuentagotas al teatro de operaciones, y los Thunderbolt y Mustang tardarían aún más, y todo ello en virtud de lo decidido en la conferencia ARCADIA, de diciembre de 1941, en la que se decidió que Alemania “iba primero”.

Curtiss P-40 Warhawk.
P-400, versión de exportación del Airacobra, en Guadalcanal. Cruel objeto del chiste "¿qué es un P-400? un P-40 con un cero en la cola...

Los británicos no lo tenían mucho mejor. Aniquilados sus Brewster Buffalo en Birmania y Singapur, se mantenían en la India y el Índico, a duras penas, con una mezcolanza de Curtis Hawk 75 Mohawk y Hurricanes. Incluso su “superestrella”, el célebre Spitfire Mk V, llevado a toda prisa a Australia (deberían haber empezado operaciones en junio de 1942, pero gran parte de los cazas se desviaron en Freetown hacia Egipto. Los primeros vuelos fueron en Agosto, pero los escuadrones nº 54, 452 y 457 no recibieron suficientes cazas hasta noviembre), en su primer combate contra el Zero, había sido severamente vapuleado pues perdieron 13 de 27, por un Zero derribado (bueno, eso lo leeréis en un montón de libros del tema. La realidad fue otra: se trató de un comunicado muy crítico del Cuartel General de MaCArthur, tras dos batallas aéreas en marzo y en mayo de 1943. En la primera se perdieron cuatro Spitfires contra un Zero derribado y ocho bombarderos G4M dañados; en la segunda cayeron cinco Spitfires por siete Zeros dañados y siete G4M también dañados. El blanco de ambos bombardeos fueron cuarteles estadounidenses, que quedaron muy dañados; lo que motivó un enfado monumental). Australianos y neozelandeses aguantaban con sus P-40,  y los  cazas holandeses, ya ni existían…
Curtiss Hawk75 Mohawk IV. Pese a sus limitaciones dieron un gran servicio
Hurricane IIc en la India. Fueron el principal caballo de batalla de la RAF en dicha región hasta bien entrado 1944

Brewster Buffalo de la RAF. Fácil presa de los expertos pilotos japoneses
 
Spitfire Mk Vc


Sólo los F4F Wildcat de la US Navy y los P-40C del American Volunteer Group en China aguantaban algo…y eso con tácticas muy específicas. El resto, sufría y mucho. El pánico era grande, y los pilotos aliados reportaban a cualquier caza monomotor como Zero, y el resto de aeroplanos como “bimotores” o “aviones de ataque monomotor”, y no pocas veces, como diseños alemanes o italianos. Eso también debía cambiarse.

Cierto es que todas las fuerzas aéreas han reparado y probado aviones del enemigo. Por ejemplo, los japoneses del 64th Sentai probaron ampliamente en China un Curtiss P-40E capturado en Birmania (también probaron un B-17E capturado en Birmania). Pero lo que se pretendía que lograse el ATAIU era mucho más ambicioso. No sólo reparar y probar aviones enemigos, sino que realizar una gran labor de ingeniería, hasta el último tornillo, con una catalogación precisa de los desconocidos aviones japoneses, tanto en tipo como en número, informar a las unidades de cazas y generar documentación útil tanto para el estado mayor como para el piloto de caza y el instructor de vuelo. Y había que hacerlo en medio de una guerra, y ahora mismo.

bajo otra bandera...cazas P-40 y B-17 con insignias japonesas.
Los primeros intentos vinieron de un organismo “menor” en Anacostia, Washington DC, llamado TAIC por Technical Air Intelligence Center, con participación británica también. Al mando pusieron a un individuo disciplinado a la par que imaginativo, un tal capitán Frank McCoy (ascendería a coronel más tarde), junto con un sargento de su misma pasta, Francis Williams. Rápidamente se daría cuenta que la inteligencia debía ser complementada con exámenes in situ de aeroplanos japoneses.



El inicio práctico de dicho programa tuvo lugar en el aeródromo australiano de Eagle Farm, cerca de Brisbane, donde se les asignó para su trabajo el hangar nº 7. De forma inmediata, se puso al mando directo, en ese lugar, a otro oficial con una gran formación aeronáutica, el teniente Clyde D. Gessel. El conglomerado de ingenieros, mecánicos, pilotos, delineantes, lingüistas y demás personal de apoyo se lanzaron rápidamente a obtener aviones japoneses (había personajes realmente curiosos como el jefe de ala australiano Norman B. Tindale, arqueólogo y entomólogo, y con avanzadísimos conocimientos de japonés merced a su infancia allí). Y pronto encontraron un fértil terreno: Nueva Guinea.


Teniente Clyde D. Gessel.


Trabajo diario en el Hangar nº 7. Foto de Sybil Brady.

“Nadie vuelve vivo de Nueva Guinea”, mira que los japoneses estuvieron en agujeros terribles en el Pacífico, pero para el soldado y aviador japonés combatir en dicha isla, y por extensión en las Salomón, era una sentencia segura de muerte. Un terreno muy hostil y una resistencia aliada importante. Y las bajas, incluyendo entre los aviadores, aumentaron sin fin, hasta la práctica aniquilación de los mismos.
Los técnicos de ATIU enfocaron el problema de forma muy novedosa. Tenían expertos en investigación de accidentes aéreos, así que más que una inspección de restos de aviones nuevos o interesantes, los investigaban. Eran retirados y montados, buscando cuál era la causa de su destrucción, a fin de hacerla más eficiente, y las piezas, a la manera de arqueólogos, fotografiadas, descritas, dibujadas y catalogadas, en especial las que seguían siendo útiles, con vistas a la reconstrucción de aviones.  Se lograrían reconstruir en dicho hangar, procedentes de la región de Buna, tres cazas, de esta manera: un Mitsubishi A6M Zero con las nuevas alas recortadas en la punta, un Nakajima Ki 43 y un  Kawasaki Ki-61.

Ki-43 Oscar

Lo primero que se hizo, y que resultaría una obra que ya perdurará para siempre en el tiempo, aunque no se sepa bien su origen, fue catalogar los aviones japoneses que se iban descubriendo, y de la forma más sencilla de recordar posible. La denominación aeronáutica japonesa no era única, y tanto el ejército como la marina tenían la suya propia, y además eran bien liosas.

Por ejemplo el ejército imperial, después del fabricante, llamaba a todos sus aeroplanos como Ki por Kital, es decir, fuselaje, seguido de un número que se asignaba a cada diseño del mismo. Si había una modificación considerada como mayor, se añadía un número romano, I, II o III; y si era menor, una letra minúscula, kai, otsu, hei… (nuestras a ,b, c…), los motores recibían el prefijo Ha de Hatsudoki, Motor, y un numeral. La marina podía denominar de diferente manera el mismo motor, y en la industria tenían un número propio.

Por el contrario, la marina imperial, seguía un código parecido al de la marina norteamericana, así A6M5 mod 32, significaba A por caza naval, 6 el modelo de caza, M de Mitsubishi y 5 por la versión. Modelo significaba un cambio del cual 3 era cambio estructural y 2 el código del motor.  Pero también eran designados por Type y un numeral de un año japonés, como el A5M Type 96 Claude, o el Zero, llamado así por Type 0. también se usaba el código de letras a modificaciones menores, y pasados los años, sus aviones recibieron también nombres propios (igual hizo el ejército imperial): los cazas embarcados de vientos, los del ejército de aves, los cazas nocturnos de luces de, los de ataque de montaña y los de “ataque especial” de flores.

Como se puede ver, intentar recordar todo esto podía ser un horror, y a los sencillos occidentales nos es más fácil decir que hemos derribado en llamas a un tal Oscar que al modelo de Halcón peregrino de fuselaje número 43 modificación mayor 2ª con detallitos b…

La idea de los códigos la tuvo el sargento Williams, y al ser sureño, y de Tenessesse, la mayoría de los nombres iniciales tenía un fuerte aroma a dicha zona. Todos los nombres eran como máximo de dos sílabas, y sencillos de recordar. Así los cazas e hidroplanos recibirían nombres propios varones como Ki-43 Oscar o A6M Zeke (aunque nunca desplazaría a Zero), los bombarderos, entrenadores, aviones de enlace e hidrocanoas recibirían femeninos, y los transportes nombres que empezasen por T. sólo hubo dos excepciones a esa última, el Ki-44 que fue llamado Tojo y el Ki-61 que fue llamado Tony.

Kawasaki Ki-61 Tony
Nakajima Ki-44 Tojo.

Estos códigos se popularizaron de inmediato y se convirtieron en muy útiles para comunicaciones de radio, informes, reportes de avistamientos y un largo etcétera. Y hubo numerosas anécdotas al respecto. Contemos unas cuantas. El Zero Mod 32 de alas recortadas fue llamado Hap para agradecer al General “Hap” Arnold su gran apoyo al proyecto. Pero inmediatamente comenzaron los chistes sobre Haps en llamas con el irascible carácter del citado general, por lo que tras la oportuna protesta se cambio a Hamp. Algunos nombres femeninos se debieron a esposas, como por ejemplo el de Rally, o alguna de las WAAF de la unidad, como una Joyce, al parecer de muy buen ver. El famoso de Betty fue obra de Williams, en honor a una enfermera de buenas carnes que había conocido.

A6M mod 32 o Hap...digo...Hamp.

La lista de códigos fue enorme, pues se asignaba de forma inicial uno a cada informe de un posible nuevo avión nipón. Eso implicaba que, a veces, recibiese dos códigos diferentes el mismo aeroplano (como John que luego resultó ser un Ki-44 Tojo), pero como era un sistema dinámico, se corregía y mejoraba, haciéndolo cada día más útil. También recibieron códigos algunos aviones alemanes e italianos, pues se sabía que había cierto intercambio tecnológico entre paises del eje. Por ejemplo el Fw 190 era Fred, el Bf 110 era Doc y el He 111 era Bess; incluso el venerable Ju-52/3 tenía el suyo: Trixie. Curiosamente los únicos aviones alemanes que sirvieron con los japoneses fueron treinta He-112B comprados antes del estallido de la guerra del pacífico, y su código era (bastante apropiado) Jerry. Al empezar a aparecer el Ki-61, se reportó inicialmente que eran Bf 109 o Macchi C202. rápidamente se vio que era un avión japonés casi al 100% (el motor era de origen alemán), con lo que se quedó con el código del C202 que era Tony, y ya se sabía que no se había enviado ninguno a Japón.

Fw-190 "Fred". Se usaron sólo a fines de evaluación
Para uso de las unidades aéreas editaron una serie de magníficas fichas técnicas sobre cada avión. No sólo sus siluetas, dimensiones y pesos, sino prestaciones, armamento, carga, y en caso de bombarderos y similares, los campos de tiro de las diferentes armas defensivas. Incluso se mostraban la disposición de los tubos de escape y su patrón nocturno vistos desde la posición de la de ataque de las seis en punto, ligeramente desde abajo, información muy útil, pues desde finales de 1942 los japoneses comenzaron a realizar un alto porcentaje de misiones nocturnas. También venía reflejada la situación de placas de blindaje, depósitos de combustible blindados o sin blindar o la posición de cada tripulante. Tan útiles eran sus fichas que llegaron, de hecho, a comprometer el secreto del proyecto. Pese a las insignias aliadas en los aviones que volaban, los observadores aéreos los reconocían rápidamente, e informaban sus vuelos ¡como incursiones reales japonesas!

                               

ejemplos de fichas de los equipos de ATAIU.

Aparte de la gran labor de ingenieros, técnicos, mecánicos y pilotos, se recibió una inestimable ayuda de prisioneros japoneses. En el manipulado código del Bushido en que desde niños habían sido adoctrinados, la captura era el mayor deshonor después de la cobardía, y no había forma de lavar tal mancha. El prisionero japonés quedaba deshonrado y no volvía a ser aceptado, hiciese lo que hiciese, por lo que para un piloto capturado ya no había vuelta atrás. Se producía así un curioso fenómeno de evolución de la persona, en el que la colaboración total con el capturador no sólo era el único camino sino también deseable. Era mejor “servir” a un enemigo de forma honorable que seguir siendo un Ronin apestado y sin amo. Así, vista esta gran ventaja, los pilotos capturados después de un tiempo prisioneros, proporcionaban valiosas indicaciones e informaciones, e incluso llegaban a volar alguno de los aviones capturados, sin que existiese riesgo real de fuga o sabotaje.

La labor de los equipos de ATIU era inestimable, por lo que no es extraño que su acción se extendiese a Birmania, China, y a partir de finales de 1944 a las Filipinas. Y si Buna en Nueva Guinea había sido un delirio, los aeródromos japoneses en dichas islas resultaron ser Navidades perpetuas: un gran número de aviones para estudio, y lo mejor, de los últimos y mejorados modelos, como el Ki-84 o los torpederos B6N Jill y el escurridizo bimotor de reconocimiento Ki-46 Dinah…

J2M1 Jacks en vuelo.

La labor de ATIU no se extinguió al acabar la guerra. Al igual que las operaciones Overcast y Paperclip, el Japón imperial recibió proyectos semejantes. Así se llegaron a destinar, nada más y nada menos que cuatro portaaviones de escolta (los CVE USS Core, USS Barnes, USS Bogue, USS Tulagui) y el buque de apoyo a portaaviones USS Cumberland, para traer los últimos modelos de aviones japoneses para su prueba, ayudados de forma aún más intensa por pilotos japoneses que los habían volado un buen número de horas. Y no sólo era importante el estudio por las tecnologías que se podían aprender, sino también porque en poder de un gran número de movimientos de liberación nacional y nuevos países, quedaban aviones japoneses de combate, sus tripuaciones y personal de tierra. Así los comunistas de Mao volarían varios años más los Ki-43 Oscar, Ki-84 Frank y Ki-43 Tojo; Tailandia hasta casi los cincuenta tendría como caza principal al Oscar, e incluso los franceses en Indochina volarían diversos modelos contra el Vietminh hasta obtener aviones británicos y luego norteamericanos. Y más les valdría a los gabachos haber atendido las enseñanzas de ATIU…ahí habrían aprendido como volar bien los Ki-43 Oscar que tenían, avión reputado como fácil y dócil de volar si se sabía, evitando destrozar cierto número de ellos de forma innecesaria y las carcajadas de los pilotos japoneses, a los que habían puesto a hacer tareas secundarias sin atender a sus consejos…

No sólo se quedaron en la descripción de los aviones. Se hizo muchísimo más. Por ejemplo, se descubrió que en cada aeroplano, capturado o derribado, que examinaban los japoneses en sus fábricas instalaba una plaquita metálica en la cabina, en la que se informa mediante un simple código de la fábrica que lo había ensamblado, la fecha y el número de fabricación del mismo. Mediante dicha información fueron capaces de establecer la tasa de producción de cada modelo, su ritmo de fabricación y las fábricas más activas. También, mediante exámenes de las aleaciones utilizadas en armas, fuselaje y motores pudieron ver cambios en procesos de fabricación, por ejemplo con el nivel de magnesio de la de los motores, que al ser bajo y dar problemas en los mismos permitió orientar ataques hacia las vías de suministro de dicho material. Hasta se dieron cuenta que la munición perforante – explosiva de primeras series para las ametralladoras de 12,70 mm modelo Ho-103 Type 1 (que montaban el Ki-43 Oscar y el Ki-44 Tojo, por ejemplo) tendían a estallar justo al salir por el cañón, lo que obligaba a poner en el capó del motor una pequeña chapa a modo de blindaje. Y sin olvidar armas más extrañas, como el poco conocido cañón Ho-301 de 40 mm montado en las alas de algunos Ki-44, y alimentado por proyectiles cohete sin vaina…

el cañón de 40 mm Ho-301...
...y su proyectil cohete.

No fueron perfectos, por supuesto. Por ejemplo, algunos aviones importantes japoneses de fin de la guerra ni se lo olieron pese a su intenso historial de combate en los últimos meses, como es el caso del Nakajima Ki-100, y en otras ocasiones fueron víctimas de informaciones “intoxicadas”. La más famosa fue la del código Frank…el ya coronel McCoy quería darle su nombre a uno de los mejores cazas japoneses, y pareció que encontraba candidato en el espectacular Nakajima AT-27. Informes sin contrastar de inteligencia lo daban como ya en servicio, y hasta había artículos en varias revistas y periódicos japoneses. Era una treta como la alemana del Heinkel He-100…el tal caza era fruto de un concurso de una revista de modelismo de preguerra, patrocinado por Nakajima, en el que se pedía a los lectores que diseñasen un super caza que les gustaría que se construyese. El patinazo no fue mucho más allá (aún así se le asigno el código de Gus, por si las moscas), pues ese mes también apareció también el los cielos el Ki-84 Hayate, y McCoy tuvo su caza.

Nakajima At-27 Gus.
El que no se olieron...Kawasaki Ki-100.

El comportamiento de las unidades de ATIU, ATAIU, TAIU o TIU (como las queráis llamar) estableció estándares de actuación y análisis, y les sería a los aliados occidentales muy útiles cuando se tuviesen que enfrentar a otro enemigo chiflado por el secreto y la desinformación, y comenzasen a tener que llamar de alguna forma a los MiG-15, SU-7 y otros aviones modernos. Pero eso, como decían en Conan, es otra historia…

El Hangar nº 7 de Eagle Farm, en la actualidad.

jueves, 13 de septiembre de 2012

LAS GUERRAS SIOUX 4: Nubes sobre la senda



Es hora de presentar un nuevo enemigo de la nación Sioux. Y uno de los más peligrosos precisamente por su condición inanimada: el oro. Número atómico 79, grupo 11, al lado del mercurio y del paladio, blando, maleable, dúctil…y enormemente valioso. Los Sioux, con sus limitados conocimientos de orfebrería y metalurgia no entendían como el hombre blanco podía perder el honor, la decencia, la compostura y la vida por una piedra de curioso color amarillo. Para su cultura, su valor era muy escaso, y a fin de cuentas, al Sioux sólo le importaba cabalgar, cazar el búfalo, ganar gloria en la batalla y fama para su tribu. Vamos, que querían vivir tranquilos y según los dictados de sus antepasados; pero no querían ser ricos…je, je ¡menudos infelices!

En 1862 se encontraron minas de oro en Bannack, cerca de Grasshopper Creek, en el oeste de Montana, dando lugar a una nueva fiebre del oro, y de una intensidad similar a la del 1849 en California. En principio a los Sioux ni les iba ni les venía, pues no era su territorio, y además, la ruta para llegar tampoco pasaba por sus terrenos de caza. Y era bien complicada, pues había dos formas: una por el brazo norte de la senda de Oregón, la llamada Platte Road, entrando por la zona oeste de Montana, la otra, subiendo por el río Missouri hasta el norte, entrando por el Noreste. Ambos eran viajes bien largos, difíciles y sólo aptos para, o los muy valientes o los muy desesperados. 

Y en esas llego un aventurero llamado John Bozeman. Abogado de profesión, llevaba menos de dos años en la frontera, buscándose la fortuna, y en cuanto oyó de los nuevos yacimientos de oro, decidió que había que sacarles partido. Había tenido malas experiencias reclamando minas de oro en Colorado, así que decidió que lo mejor, más que explotar una mina de oro, era “hacer minería del minero”, proporcionándole todo lo que precisase, ya fuese material de trabajo o juego, alcohol y prostitutas. 



Había rumores de un posible paso cerca de Virginia City en Montana, así que en 1863, con la ayuda de un auténtico hombre de la frontera, John Jacobs, se lanzó a buscarlo. Y lo encontró…y en un tiempo infame recorrió una senda nueva, cruzando el río Bighorn, el Little Bighorn y el Powder, dejando las montañas Bighorn al oeste, y enlazando con la senda de Oregon a menos de 100 km de Fort Laramie. Me puedo imaginar la risa que se pudieron echar los indios que vieron avanzar penosamente a ambos personajes, enfundados en pieles de Búfalo, y con un par de mulas roñosas y esqueléticas. Pero acaban de acortar la ruta a las minas de oro en más de 400 millas…aprovechando un viejo sendero de caza de los Arapahoes, los Shoshones, y especialmente de los Lakotas.

Bozeman lideraría las primeras caravanas de colonos por la senda que recibiría su nombre: la senda Bozeman, y además fundaría en Montana, para sus negocios, el pueblo de Bozeman (humildad, inexistente en el oeste…). Ambos, le harían muy rico. Al final acabaría sus días, en 1867, asesinado en las orillas del río Yellostowne por indios pies negros, aunque todos los autores coinciden actualmente que su asesino fue su compañero, Tom Cover, merced a su disparatada y cambiante versión.

De manera inmediata, los indios de la zona, que sabían perfectamente lo mal que les acababa yendo cuando aparecía una ruta que cruzaba por sus terrenos de caza, se lanzaron a atacar a los colonos. Motivaron estos ataques, varias expediciones en 1866, lideradas por un tal General Patrick Edward Connor (ya conocido de un post anterior), una contra los Arapahoes, derrotados en la batalla del río Tongue; otra contra los Shoshones, derrotados en la batalla del río Powder; y otra contra los Sioux Lakota, que ya hemos visto que acabó en retirada y casi en desastre total.

En 1866, el ejército de los estados Unidos no estaba en su mejor forma. Largamente desmovilizado después del final de la guerra de Secesión, su número se había visto muy reducido. También habían desaparecido en la frontera muchos regimientos de voluntarios formados por ex - prisioneros de guerra confederados, y el número total de tropas regulares había descendido. El servicio en la frontera era muy impopular, las unidades eran rotadas con frecuencia, lo que aseguraba que las lecciones tácticas se perdiesen, el entrenamiento casi inexistente (muchos pensaban, que al ser veteranos de la guerra civil, no lo necesitaban) el material estaba muy gastado, las pagas eran malas y muchos oficiales tuvieron que aceptar reducciones importantes en rango y sueldo para seguir sirviendo. Así que, con este panorama, tocaba marear a los Lakota con negociaciones.

En el verano de 1866, un antiguo propietario de minas, de nombre Nelson Store decidió usar la senda Bozeman para llevar más de mil cabezas de ganado a Montana. Aunque el ejército se lo prohibió, no hizo caso alguno, y siguió adelante, logrando su propósito de inaugurar la primera gran ganadería de dicho estado. Fue demasiado para los Lakota, pero aún así, dieron una oportunidad al arreglo con una nueva reunión de jefes en Fort Laramie. Reunión que coincidió con la llegada de tropas de refresco al mando del coronel Henry B. Carrington.

Coronel Henry B. Carrington

Éste era un curioso personaje, sólo posible en el ejército de la Unión durante la década de los 60. No era militar, sino abogado de profesión, y de bastante éxito al parecer. Fue nombrado coronel del 18 regimiento de infantería, con el que nunca vio combate en la guerra de secesión. Sin embargo, era un reputado organizador y legista, alguien a quien le podías encargar con seguridad un despliegue, pues contaba con otra interesante virtud: no tenía delirios de grandeza, le gustaba el ejército y se quedó al terminar la guerra; pero sabía perfectamente que no era un estratega, y que debía obrar con prudencia. Los indios pensaron que venía a hacer de “policía de fronteras”, haciendo cumplir los tratados y cerrando la senda Bozeman. Venía a todo lo contrario, a garantizar los derechos de paso (recordad la trampa que había en los tratados con los Sioux sobre uso y no posesión de la tierra), a establecer varios fuertes a lo largo de la misma, y además se traía a civiles y cabezas de ganado para asegurar la permanencia de los mismos. Fue demasiado, y la guerra estalló.

Senda Bozeman y los fuerte de Carrington. Fuente Atlas of the Sioux Wars.


El ejército había tenido éxito en expediciones contra los Dakota, los Arapahoes o los Shoshones, pero los Lakota eran de otra pasta, y además, tenían un mando organizado y efectivo: el gran jefe oglala Nube Roja. Las unidades de combate de los indios eran bien curiosas, pues más que batallones al uso, se trataba de algo muy similar a un club social. Los guerreros se unían a unos u otros, dentro de una tribu, y los había organizados al estilo de los niveles de una secta masónica, o más lineales como los de los Lakota. Fuera de combate, y en la vida cotidiana, esos clubes se especializaban en diversas tareas: labores de policía en el poblado, caza del búfalo, exploración de nuevos lugares para acampar y un largo etcétera. Se subía, dentro de los mismos, a base de pruebas y actos de valor (no sólo entendidos como combates, sino también entraban las decisiones difíciles y juiciosas), y el cargo más que pequeños beneficios obligaba al que lo ostentaba a continuas demostraciones de su capacidad. Cada uno tenía sus ritos, colores, vestimentas y danzas; y no eran ni secretos ni cerrados, todo lo contrario, contaban con gran publicidad y buscaban expandirse lo máximo posible. Curiosamente, había un importante intercambio cultural con los de otras tribus, y no era nada raro que danzas ceremoniales de unos fuesen adoptadas por otros, como la famosa “danza de los suicidas” de los Cheyennes, adoptada masivamente por los Lakota. Los miembros de un club debían proteger y cuidar a los suyos, y ganar fama y gloria para sus colores mediante sus acciones, en especial las bélicas. Bien aprovechados y con jefes respetables los clubes podían ejecutar complejas maniobras en el campo de batalla, y debido a su espíritu de equipo, ser enormemente efectivos. Sin un gran jefe al que respetasen, iban por libre, facilitando su derrota por el más jerarquizado ejército norteamericano. Para suerte suya, Nube Roja demostró ser uno de los más grandes jefes de la nación Sioux.

Carrington comenzó su tarea como lo hubiese hecho cualquier Legado romano. Reparó el antiguo Fort Connor, llamado ahora Fort Reno, y subiendo por la senda Bozeman, construyó Fort Phil Kearny y Fort CF Smith, reforzando Fort Ellis en el paso Bozeman. Era consciente de la escasa calidad y número de sus tropas, así que adoptó una estrategia muy defensiva y cautelosa. A finales de año recibió refuerzos de la mano de dos impetuosos oficiales veteranos de la guerra de secesión: el capitán William J. Fetterman y el capitán James Powell, ambos del 2º regimiento de caballería. De inmediato su temeridad y desprecio por la estrategia de Carrington se convirtieron en severos problemas.

Los fuertes se establecieron en lugares complicados, atendiendo más a la disponibilidad de agua que a criterios defensivos. Carrington sabía que las técnicas de atrincheramiento desarrolladas en los últimos años, con la artillería y los fusiles de percusión, junto con la ausencia de un tren de asedio Sioux, facilitaban una defensa eficaz de los mismos, siempre y cuando no quedasen peligrosamente desguarnecidos. Sin embargo, al estar situados en valles, permitían que los indios los vigilasen de forma constante, y que la madera y el cereal tuviesen que ser obtenidos fuera de los mismos. Los ataques a lo largo de la senda arreciaron, cerrándola casi en su totalidad, sólo contrarrestados con tímidas y cautelosas incursiones contra las elusivas partidas de caballería Sioux. Fetterman estalló…

Capitán William J. Fetterman

La historia cuenta que en una tumultuosa cena de oficiales había dicho que le bastaban 80 hombres bien armados para recorrer todo el territorio Sioux. Nube roja había concentrado su estrategia en ataques relámpago contra las partidas de madera y de cereal, causando un desesperante goteo de bajas al ejército, pero sin lograr llevarlos a una emboscada. Los infantes del 18 regimiento mantenían sus formaciones, y seguían adelante con su misión, los soldados del 2º de caballería eran más agresivos, puede que todo fuese ser paciente y preparar bien una trampa…

Así que el 21 de diciembre de 1866 se lanzó un nuevo ataque contra un convoy maderero, que pronto se encontró en apurada situación, la fuerza de rescate, de 80 hombres curiosamente (49 infantes del 18º y 27 de caballería del 2º) debía ser mandada por Powell, pero invocó Fetterman su anterior rango (teniente coronel) para mandarlo, quedando Powell de segundo y el teniente George Grummond (otro de los grandes críticos de Carrington) del 18º, mandando curiosamente el destacamento de caballería. Las órdenes eran bien precisas, rescatar el convoy, protegerlo, traerlo de vuelta, y NO cruzar Lodge Trail Ridge. Fetterman desobedeció todas ellas.

Bastó que se encontrara con una partida de Lakotas, comandadas por un joven y bravo guerrero, de nombre Caballo Loco, para que se lanzase en su persecución, presintiendo una victoria fácil. Eran un señuelo, que los llevó al valle de Peno, donde les lanzaron la típica emboscada en L, los fragmentaron en tres grupos y los aniquilaron completamente, en un tris tras. Uno de los grupos con dos civiles armados con rifles Henry del cal. 44 rimfire aguantó más, seguido de otro con la mayoría de la caballería, con carabinas repetidoras Spencer del .56-.50, pero el de la infantería, con Springfield 1861 de avancarga fue barrido inmediatamente, pues los indios provocaban las descargas en masa, para acercarse rápidamente al cuerpo a cuerpo. El desastre fue inmenso, y las unidades del 18º y del 2º de caballería se encontraron cercadas en sus fuertes.
Springfield mod 1861 de percusión.


Reproducción moderna de una carabina Spencer mod 1863

Un civil voluntario, de nombre JohnPortugeePhillips cabalgó 236 millas a Fort Laramie para llevar la noticia del desastre y pedir refuerzos. Y el desastre era gordo: no solamente quedaba cerrada la senda Bozeman, también se amenazaba Platte Road y la construcción del primer ferrocarril transcontinental a través de Wyoming. Nube Roja les había hecho una faena considerable. El general al mando del distrito, el general Cooke hizo que Carrington se la cargara (más tarde sería exonerado), y lo sustituyó por el Brigadier General Henry Wessells, que alcanzó Fort Kearny con dos compañías de caballería y cuatro de infantería como refuerzo, tras un viaje épico en tormentas de nieve intensas, el 16 de enero de 1867. Un hundido Carrington salió el 23 de enero hacia Fort Laramie, con su mujer, y otras mujeres con sus hijos (incluyendo la esposa embarazada del difunto teniente Grummond) y una pequeña escolta, llegando a Fort Laramie en medio de temperaturas de hasta -38º C, y con la mitad del pasaje con quemaduras por congelación. Abandonaría el ejército en 1870, y dedicaría gran parte de su vida a defenderse de las acusaciones de haber ocasionado la matanza con su inactividad posterior (lo cual no era cierto).

General Henry Wessells.


El parón invernal permitió cierta reorganización al ejército, pero sin mucha mejoría aparente. Los suministros disminuyeron alarmantemente en los fuertes, gran parte de los caballos y mulas o murieron o fueron sacrificados, y hasta se sufrió un brote de escorbuto. Y en abril, los Sioux comenzaron de nuevo a dar batalla…y ahí Wessells y el resto se dieron cuenta que no nadaba muy desencaminado Carrington con su estrategia.

cuadro idealizado de la muerte del teniente Grummond



Nube Roja siguió con sus ataques a partidas de obtención de madera y forraje, dedicando especial atención a pillarlos al descubierto. Sin embargo, sus aliados Cheyenne, arrastrando a elementos Lakota, se decidieron a atacar los campamentos madereros y forrajeros directamente. Los existentes eran pequeñas fortificaciones de fortuna, muchas veces aprovechando los carromatos como hemos visto mil veces en las películas. Así el 1 de agosto atacaron lo que se dio en llamar “el campo de heno” (Hayfield) cerca del Fort CF Smith, recientemente reforzado por dos compañías de infantería mandadas por el Coronel Luther P. Bradley. La táctica la de siempre. Provocar una descarga de los Springfield mod. 1861, y cargar mientras los soldados realizaban el laborioso proceso de recarga.

Pero mientras cargaban, de forma sorprendente, recibieron otra descarga, volvieron a cargar, y otra descarga casi inmediata, y así hasta que el ataque quedó roto…¿qué había pasado? Pues que había nuevos naipes en la baraja: los rifles de retrocarga.

Hasta entonces el ejército había usado el bien fiable rifle Sprinfield mod 1861 (hay algunas noticias no constratastadas que también se usó en las grandes llanuras el Remington Zuoave mod 1863). Preciso y manejable, pero disparaba una potente bala minié del cal. 58 que debía cargarse por la boca, tras morder el cartucho de papel que contenía pólvora y bala, y atacarla hasta la recámara, para a continuación, cebar la chimenea con un pistón de cuatro aletas, y eso significa mucho tiempo de recarga.

Sin embargo, durante el invierno se habían recibido los nuevos Springfield Mod 1866 (tanto en versión rifle como carabina de caballería), del calibre .45-.70 Government. Eran ya de cartucho metálico, y se cargaban rápida y directamente en recámara, a través de un ingenioso sistema de trampilla diseñado por Allin (no era el único, pero su segunda versión era la más sencilla y fiable que había), lo que permitía una tasa de fuego por minuto muy superior. Además el citado sistema de Allin se adaptó para usarlo en rifles Sprinfield Mod. 1861, y convertirlos así de avancarga a retrocarga. También se incrementaron el número de carabinas Spencer de repetición, un precioso y fiable diseño de 1863, con un cartucho mucho menos potente, pero que permitían un fuego muy rápido y preciso gracias a su cargador tubular, situado en la culata del arma, de 7 cartuchos. Y a esto le añadís que los civiles que compartían penurias con los soldados se comenzaron a armas con rifles repetidores de palanca Henry, y en 1867, con el primero de los famosísimos Winchester: el modelo 1866 Yellowboy.

Conversión Allin de un Springfield
Reproducción moderna, por Uberti, de un repetidor Henry. Queridos Reyes Magos...


La mayoría de los indios de la época seguían armados con sus armas ancestrales, lanzas, hachas de guerra y arcos, que eran letales contra las armas de avancarga, de lenta tasa de disparos. Los que poseían armas de fuego, o bien eran saqueadas a soldados y civiles, o mucho más frecuentemente, eran los famosos Trade muskets. Se trataban éstos de armas, en teoría de peor calidad (digo en teoría, pues el estado del gran número de supervivientes actuales lo desmienten. Puede que los fabricasen compañías de segunda fila, pero decidme quién era el machote que le vendía un arma pésima o defectuosa a un Sioux…), y con llave de chispa. El ánima del cañón era habitualmente lisa, y la llave de disparo requería ser cebada con pólvora negra, una pequeña cazoleta, tras haberlo cargado como anteriormente se describió con el Srpingfield Mod 1861. Además seguía disparando viejas bolas de plomo, por lo que su precisión, por encima de los 50 metros, era casi inexistente (las modernas competiciones con estas armas, la modalidad de Miguelete, el blanco, de casi un metro cuadrado, está situado a esa distancia, y aún así se falla un montón…). 

A pesar de ser de recarga más lenta (los indios hacían una pequeña trampa aquí. Usaban bolas de menor calibre que metían en la boca, y que escupían rápidamente en el cañón tras haber echado una dosis a ojo de pólvora, y luego usando la misma polvorera, cebar la cazoleta. La precisión era horrible, pero daba igual, ellos disparaban a muy corta distancia con ellos. Un mito más que se derrumba, el del fantástico tirador indio, eran más bien malos o como mucho mediocres) y menos precisos, los indios los preferían por una razón muy sencilla. Los de pistón exigían que tuviesen pistones que se podían corroer o funcionar mal en las condiciones en las que los Sioux los podía almacenar, y al no poder fabricarlos, si se quedaban sin ellos, el arma quedaba inútil.

 Por el contrario las llaves de chispa requieren pedernal, una piedra que aprendieron a reconocer y tallar, y para las balas sólo hacía falta algo de plomo, una cazoleta y un fuego; y la pólvora se compraba sin problemas (y muchas veces la daba el gobierno en las reservas).  Y si estáis pensando que el plomo podría ser un problema para un pueblo nómada, los indios, gracias al comercio tenían un suministro enorme de algo parecido: el peltre. Se trata de una aleación de cobre, estaño, antimonio y plomo, muy usada en la fabricación de cacerolas y utensilios caseros. Para fundirlas hace falta algo más de calor, pero no un alto horno, y el plomo queda líquido, y las impurezas, en forma de polvo “nadando” por encima, por lo que son sencillas de retirar. Y puede que no sea tan perfecta como la mezcla de plomo al 95% con bismuto al 5%, pero la pelotería que se obtiene es más que válida. Por estas razones, los usarían muchísimo tiempo, y sólo la llegada del cartucho metálico haría que comenzasen a hacerse con estas nuevas armas.

Comparativa entre llave de pistón (arriba) con una llave de sílex.


El 2 de agosto de 1867, cerca de Fort Kearny se atacó un campamento maderero fortificado con carromatos. La lucha consiguiente fue un calco de la del campo de heno, gracias las nuevas armas de retrocarga, logrando aguantar los soldados y civiles allí atrincherados durante seis horas, hasta la llegada de refuerzos. Pero lo más alarmante llegó el 7 de agosto de 1867, cuando una numerosa partida de Lakotas se atrevió a atacar un tren de la Union Pacific en Plum Creek, una región muy alejada de la senda Bozeman, y considerada como segura.

El asunto era ya desastroso. Las minas de oro de Montana no eran tan fabulosas como se creían, y requerían mucho esfuerzo por magros resultados, la construcción del ferrocarril en Wyoming estaba casi paralizada, la senda Bozeman cerrada, y el coste de las operaciones se había disparado. Costaba mantener al año, un sólo regimiento de caballería en la zona, unos dos millones de dólares. Y eso para una hacienda federal agotada por años de guerra y por la ingente labor de reconstrucción del derrotado sur confederado, y para colmo los indios haciendo incursiones a muy larga distancia, causando inquietud generalizada y parón económico. Tocaba negociar.

Se tanteó a los Lakotas para que acudieran a una nueva conferencia de paz en Fort Laramie, mediante promesas de dinero y mercancías. Nube Roja fue inflexible, si querían tratado, debían abandonarse todos los fuertes de la senda Bozeman, hecho que logró en julio de 1868. Se dio el gustazo de quemarlos hasta sus cimientos, pocas horas después de su abandono. Y no fue hasta noviembre de 1867, cuando acudió al citado fuerte, a firmar el segundo tratado de Fort Laramie.

En dicho tratado, Nube roja consiguió que el condado de Powder River fuese declaro como territorio No-cedido a los EEUU, y lugar para que los sioux y arapohoes que así lo decidiesen viviesen y cazasen allí. Además, se especificaba que mantenían territorios con derecho de caza en el oeste de Kansas, y en el este de Colorado. Y lo más importante: que en dicho territorio no-cedido, no podría entrar ningún hombre blanco, ni siquiera el ejército, sin permiso de los Sioux.

Nunca, los indios, habían conseguido un tratado similar. Pero no volverían a conseguir otro, pues sería la primera y última vez que ganarían una guerra a la joven nación norteamericana.

Como garantía del tratado, el gran jefe Nube Roja, prometió que jamás volvería a alzarse en armas contra el hombre blanco, y que se retiraría a vivir a una reserva. Lo cumplió a rajatabla, pero, con matices…es cierto que no volvió a coger jamás un arma, pero luchó mediante la diplomacia y la resistencia pasiva contra el empeoramiento progresivo de las condiciones de vida y trato a los nativos americanos. Murió el 10 de diciembre de 1909, en la reserva de Pine Ridge, y su obituario se publicó en los principales periódicos del país. Fue uno de los principales protagonistas de la única guerra ganada por los Sioux, y le quedó la amargura, en sus últimos años de ver la inmensa decandencia de la gran nación Lakota. Pero dicen, que le quedó la chispa de esperanza de ver, que había logrado, por lo menos, mantener la supervivencia de su pueblo, que pensaba perdida desde que en 1870 visitó Washington DC, y comprobó el inmenso poderío del hombre blanco.

Aparte de gran jefe guerrero, fue un experto líder, negociador, y gran diplomático; y muy respetuoso con la ciencia y la cultura. Muy celebrada es la anécdota de cuando en 1870, se presentó en Powder River el padre de la paleontología americana moderna, Othniel Charles Marsh, para pedir permiso para estudiar los fósiles de la región. A cambio de convertirse en un portavoz más de las peticiones de los indios, Nube Roja le permitió libre paso y residencia por el territorio del tratado, así como asistencia para la localización de todos los fósiles que sus guerreros hallasen o conociesen. Se mire por donde se mire su biografía, estamos ante una de las más grandes figuras del antiguo oeste.

el gran caudillo Sioux Nube Roja.



miércoles, 5 de septiembre de 2012

RENAULT FT: EL LIBRO DEFINITIVO



La Revista Española de Historia Militar ha vuelto a hacerlo una vez más. Otro libro imprescindible. Y decir que no son nada baratos, y que te puedes olvidar de buscarlos a buen precio pasado el tiempo o de segunda mano, a no ser que esperes muchos años. Tarea titánica…
De entrada, algo bueno: el primer libro escrito en España que deja de decir eso que FT significa faible tonnage…y que no era más que un código que asignó Renault a ese prototipo; que la denominación original era la de Ranault FT Modèle 1917, y que acabó pasando a un simple FT-17, y que lo de FT-18 fue una denominación errónea de muchos autores, derivada de su motor original de 18 CV.
Y a partir de ahí, el autor, Francisco Marín Gutiérrez, desglosa una apasionante historia sobre “el primer carro ligero moderno”, y no sólo en características, sino también en modelos, prototipos y uso operacional, no sólo en la primera guerra mundial, sino después y por todos los países que lo poseyeron. Personalmente, de gran interés, encontré su historia en España, Polonia y Japón.
Pero es aún más ambicioso el texto: se ocupa del desarrollo e historia operacional del six-ton tank M1917 americano, del Fiat 3000 italiano, del ruso MS-1 o de su evolución en forma de NC-27.
Y todo esto acompañado de un gran despliegue gráfico, en forma de muchas fotografías desconocidas, así como el habitual grafismo de la editorial, con perfiles detallados, y a todo color. No en vano tiene a los ilustradores habituales, Julio López Caeiro y a Luis Fresno Crespo (a quien me sorprendió verlo en este tipo de ilustraciones tras conocerlo en mi niñez como el coautor de “Benito Boniato, estudia bachillerato”), garantía ambos de calidad y precisión en sus dibujos.
El libro no es barato, pues a mi me costó sobre los 42 Eurazos, ahora bien, es todo un gustazo, detallado, ameno y muy bien impreso e ilustrado. Un imprescindible en toda buena biblioteca del verdadero aficionado a los carros de combate.


martes, 4 de septiembre de 2012

EL YESO DE TOBRUK



(Post dedicado a mis grandes amigos y compañeros de trabajo, Reyes y Manuel, para que por una vez no se aburran mucho leyendo mi blog)

La irrupción de las armas de fuego en el campo de batalla lo cambió todo. No sólo en tácticas y estrategia, sino también en la faceta humana de la guerra, la psicología del combatiente, su logística, y cómo no, en la medicina militar.

La progresiva mejora de las mismas, así como de sus proyectiles, fueron asegurando que las heridas que causaban se fuesen complicando en su tratamiento y evolución. En un principio, causadas por la gran masa de los proyectiles esféricos de plomo usados, complicado con la terrible precisión y mayor velocidad de la bala Minié; hasta llegar a finales del siglo XIX y del siglo XX, con las pólvoras sin humo, el cartucho metálico, y los proyectiles mucho más pequeños pero dotados con una gran velocidad al impactar contra el blanco. Y eso hablando solamente de armas ligeras, que si en la ecuación metemos la evolución de la artillería, encontramos cuadros lesionales más desoladores y temibles.

Evolución, de izquierda a derecha: calibre .678 de mosquete napoleónico, bala Minié cal. 58, 7x57 mm de Mauser español, 7,62x51mm NATO y 5,56x45mm NATO.


En un principio, con la panoplia de armas blancas, las heridas, ya fuese de tipo cortante, corto-punzante, o las más comunes corto-contundentes; se beneficiaban de una adecuada limpieza (por ejemplo, en las legiones romanas, el agua y el acetum, hacían maravillas) junto con una sutura casi inmediata de las mismas (lo que en medicina se conoce como sutura primaria o cicatrización por primera intención). Pero con las armas de fuego, y sobre todo a lo largo de su desarrollo continuado, no siempre, era la mejor opción.

Todos los que hemos visto heridas por arma de fuego en tejidos del cuerpo humano o animal, no dejamos de asombrarnos del brutal potencial lesivo que tienen proyectiles en teoría tan pequeños y apariencia inofensivos. Los tejidos son contundidos a distancia, los huesos estallados y vaciados de su médula, las vísceras huecas reventadas y las macizas desgarradas como por la acción de alguna zarpa gigantesca de un monstruo mitológico…y por si las lesiones fueran poco, siempre está el omnipresente peligro de la infección. 

Las bacterias admiten un gran número de clasificaciones en medicina. Una de la más socorrida es dividirlas en aerobias y anaerobias. Las primeras precisan de un ambiente en  rico oxígeno para colonizar y multiplicarse en un tejido abierto al exterior por la acción de un traumatismo. Sin embargo, su gran crecimiento termina por lesionar de forma irremediable el tejido sobre el que asientan, dificultando la fuente principal de oxígeno, que es el aporte sanguíneo. Y si éstas son peligrosas, sobre todo si pasan al torrente sanguíneo y se ponen a colonizar a distancia, las siguientes son aún peores: las anaerobias. Estas viven bien felices sin nada de oxígeno, y no colonizan de forma tan violenta. Pero hacen trampa: emiten una serie de toxinas que lesionan aún más el tejido, con el fin de favorecer un ambiente más propicio a su existencia. Y dichas toxinas acaban por pasar al torrente circulatorio, ocasionando graves daños en las células de muchos órganos, como el hígado, los riñones o el cerebro, por poner ejemplos. No existen infecciones “puras”, por decirlo así, de unas u otras; sino que se trata de una afectación por zonas. Al organismo, sin son galgos puros o podencos de raza le da igual, pues se ve seriamente afectado, en una situación límite, y donde los recursos que tiene para defenderse de las infecciones se ven seriamente sobrepasados, ya sea por la septicemia, el shock endotóxico que provocan las toxinas de las anaerobias, o lo más común, una combinación de ambas.

Clostridium Perfringens, uno de los grandes protagonistas de las gangrenas.

A finales del siglo XIX, un cirujano austriaco, Friedrich Albert Von Zenker, realizó diversas investigaciones sobre el tema. Causó heridas a diversos animales domésticos, y posteriormente las contaminó con tierra, secreciones, materia fecal, etc. Observó que la mortalidad por infecciones, en aquellos a los que suturaba primariamente era enorme; pero si dejaba la herida evolucionar abierta, sólo con una limpieza con desinfectante, la supervivencia tampoco mejoraba mucho. Sin embargo, ésta sí que se beneficiaba de un extirpación quirúrgica del tejido dañado, llevándose también una “zona de seguridad” de tejido sano adyacente (respetando grandes vasos y nervios, por supuesto). Fue una gran revolución en la medicina, y tal, que todavía se usa, y muy ampliamente, el término de practicar “un Friedrich” para dicha actuación terapéutica.

Friedrich Von Zemker

No fue el único avance en ese sentido. La guerra de Crimea (1853 – 1856) fue uno de los conflictos más importantes del S. XIX, no por sus resultados finales, sino por la aparición de una serie de técnicas y tácticas que supusieron la desaparición del modo de guerrear habitual desde el s. XVII. De la gran precisión y rapidez de tiro de los nuevos fusiles de pistón y bala minié, hasta la influencia de la artillería, las trincheras o el tratamiento de los heridos. Nikolay Ivanovich Pigoroff hizo aportaciones muy importantes a la medicina, desde técnicas avanzadas de amputación, pasando por el desarrollo de la anestesia hasta la realización de curas oclusivas de las heridas usando moldes de yeso. Si te han escayolado alguna vez por una fractura, dale las gracias: una parte muy importante de la técnica la comenzó a desarrollar este médico ruso.

Hospital militar de británico en Crimea. Refleja la gran labor de Florence Nighthingale.


Nikolay Pigoroff, en sus últimos años.

La cura oclusiva parecía, en principio, contraproducente. En teoría favorecería el crecimiento de bacterias anaerobias, empeorando el cuadro. Pues era lo contrario, protegía una herida ya limpiada de suciedades consiguientes, y el uso de diversos absorbentes incorporados a la escayola absorbía los exudados de las heridas, extraordinario caldo de cultivo bacteriano, depositándolos en un soporte sólido, favoreciendo así la higiene de las lesiones. Publicaría los resultados en la revista Klinische Chirurgie, de Leipzig; donde el alemán Ernst Von Bergmann aprendería el método, que usaría con gran resultado en la guerra franco prusiana de 1870. Sin embargo, en su tiempo, la paternidad del método se la quedaría el francés Louis Leopold Ollier, merced a su gran labor divulgadora a niveles académicos. Además, Ollier se haría muy famoso en le mundo de la medicina por una anécdota bien curiosa. Fue condecorado con la Legión de Honor, que le impuso el presidente de la república, François Sadi Carnot, el 24 de junio de 1894, y justo después del banquete del acto, mientras paseaba en calesa por Lyon, el anarquista italiano Sante Jerónimo Caserio lo apuñaló repetidas veces. Se encontró así Ollier teniendo que practicar, de emergencia, una operación del presidente que le había condecorado momentos antes. Por desgracia, Carnot, moriría de resultas de sus heridas.

Leopold Ollier.
El asesinato de Carnot.

La primera guerra mundial, y su altísimo porcentaje de lesiones causadas por artillería de todo calibre y tipo puso a prueba ambos métodos, y la mejora de los mismos. Aparte del propio daño a tejido tisular, muchas se asociaban terribles fracturas abiertas con esquirlas óseas, que dificultaban aún más el tratamiento. Sería el doctor norteamericano, Winnet Orr, quien mejoraría el método. Tras limpieza de la herida, el hueso lesionado se traccionaría de forma continuada, se trataría quirúrgicamente la herida, para luego rellenarla de grasa vaselinada, algodón seco, y enyesado inmediato de la extremidad. Los casos con resultados favorables se dispararon.

Winnet Orr.

Y en esas llegamos los españoles, y mira que no aprendemos. Aventura militar con Francia, significa escaldadura segura, y en el siglo XX, volvimos a tener otra: Marruecos. Tras muchos vaivenes diplomáticos, el 3 de octubre de 1904 firmamos con los franceses la Declaración y convenios relativos a Marruecos¸ acuerdo que no dejaría de ser secreto en 1912. Se establecían con él, las líneas maestras del Protectorado sobre Marruecos, y ahí, nos timaron a base de bien. Francia se quedó con la mejor parte, la más llana, rica y pacífica; y a nosotros, nos encargaron llevar la más inhóspita, pobre, montañosa y levantisca, aunque eso sí, nos lo endulzaron con probables beneficios de posibles explotaciones mineras.

El enemigo, con permiso de los Boer, era el mejor fusilero ligero de toda África. Gente dura, de montaña, orgullosa y que llevaba el combate en la sangre. Sus propiedades más valiosas: la fusila, la mujera y la cácara  (la cabra), y no siempre por este orden…y excelentes tiradores y emboscadores desde los nueve años. Estaba claro que lo íbamos a pasar mal.
Fusileros rifeños.

La sanidad española del ejército de África, en aquellos primeros años de la década de los 20 no iba muy rezagada respecto al desastre del resto del ejército. Algunos buenos profesionales, pero mucha corrupción, y escasos recursos. Así que los buenos aguzaron el ingenio, y una vez empezaron las hostilidades con las fuerzas de Abd-El-Krim, y se llenaron los hospitales militares de heridos, las buenas técnicas y que requiriesen pocos medios, eran de elección. Los médicos militares españoles mejorarían la cura oclusiva de forma extraordinaria, uniendo lo mejor del Friedrich con las técnicas de Orr. Además, se dieron cuenta que en climas secos y muy cálidos funcionaba aún mejor de lo pensado. Y la omnipresencia de las moscas y sus larvas no parecían empeorar, sino todo lo contrario. Descubrieron que si la limpieza y asepsia de la herida eran buenas, las larvas de mosca (en su inmensa mayoría, del género Callíphora, la popular mosca azul o verde de la carne) devoraban las zonas necróticas, respetando las sanas; resultados que Baer publicaría ya en 1930. 

Evacuación de militares heridos a lomos de mula. Más eficaz de lo que parece en terrenos montañosos...
Calliphora Vomitoria.

Estas técnicas se volverían a aplicar a los heridos de la revolución de octubre de 1934, y llevarían a que un famoso y respetado cirujano militar, Manuel Bastos Ansart, publicase a principios de 1936 un pequeño, pero enormemente útil libro: “Las heridas por arma de fuego”, que se convertiría en el libro de referencia de cualquier médico militar en el siguiente conflicto que nos asoló: la Guerra Civil Española.

Manuel Bastos Ansart...
...y su famoso libro.

En 1936, viendo ya que el típico levantamiento decimonónico de espadones, estilo siglo XIX, que de manera periódica sufría España, se había transformado en una brutal guerra civil, ambos bandos tuvieron que construir, casi desde cero, un ejército moderno propio. Y los servicios y técnicas de la sanidad militar, no fueron ajenas a tal hecho. Y aquí entra el último protagonista de la historia: un médico catalán de nombre Joseph Trueta i Raspall.

Josep Trueta i Raspall

Su artículo de 1938, tratamiento actual de las fracturas de guerra, alcanzaría enorme fama, y establecería el estándar definitivo de este tipo de técnicas terapéuticas. Trueta siempre negó que fuese el padre de lo que pasaría a ser el conocido como “método español”, y que en medicina, sería llamado como Método Orr – Bastos – Trueta. Su labor fue indudable, pues aprovechando los conocimientos existentes, los compiló mejoró y estableció un protocolo útil, coherente y fácil de aplicar.


El método es el siguiente: lo primero, el Friedrich de la herida, que debe ser realizado con gran asepsia e higiene, y es fundamental que se haga bien para evitar complicaciones posteriores. A continuación, y sin suturar se rellenaba de gasa vaselinada (luego se vio que con una gasa seca estéril iba aún mejor), y se dejaba un par de días. Luego, se levantaba el apósito, se trataba la infección si la había, y se cruentizaba el tejido (es decir, se escinden bordes secos de los planos), y se procedía a la inmovilización con yeso, según técnica de Orr. Esta inmovilización iba precedida de una tracción anatómica correcta si había fractura previa; y debía, incluso extenderse a articulación distal y proximal a la herida. Dos a tres días después, se retiraba el yeso, y se observaba la herida, su aspecto era horrible: sucio, maloliente, con líquido sanioso (es decir, término médico que quiere decir que se parece al líquido que rezuma el wáter atascado de un macroconcierto después de varios días sin ser limpiado…), y en ciertos climas, hasta con gusanos. Pero bastaba con limpiar la herida con suero fisiológico esterilizado, y aplicar antiséptico, para ver que la realidad era otra: debajo de ese desastre aparente, había un tejido de granulación sano, rosado, bien mamelonado y con vigor suficiente para seguir cicatrizando. La limpieza y el yeso se iban así repitiendo hasta la correcta cicatrización.

Ambos bandos usaron el método mejorado de Trueta, con unos resultados innegables. Casi al final de la guerra, Trueta tuvo que exiliarse a Francia, a través de la frontera de norte que le quedaba a la República, Cataluña. Y con él, un gran número de heridos tratados con su método, y aquí sobrevino un desastre. Cierto es que algunos habían sido mal tratados y con defectos en la aplicación de las directrices de Trueta, pero la mayoría evolucionaban favorablemente. Sin embargo, era normal que los vendajes de yeso oliesen muy mal los primeros días, lo que motivó que los médicos franceses los levantasen y se encontrasen con el panorama inicial descrito. Con su habitual chovinismo, y echando pestes de lo primitivos que eran los médicos españoles, se pusieron a practicar amputaciones en serie, en miembros y pacientes que evolucionaban perfectamente, pese a las airadas protestas de los médicos y sanitarios españoles que acompañaban a los heridos. Curiosamente, y años después, en 1944, y tras ver su utilidad, varios facultativos franceses castrenses (como Perves, Moruan y Renon lo impulsarían de forma decidida y hablarían maravillas del mismo…
Refugiados de la República entrando en Francia. Vae Victis...

Trueta terminó, en 1939, emigrando a Gran Bretaña. Allí, en la Universidad de Oxford trabajaría para uno de sus antiguos maestros, el influyente Doctor Galdestone, que quedaría encantado con la facilidad y resultados del método. Ayudaría a Trueta a publicar su obra en inglés, con el título “Treatment of war wounds and fractures”, y la daría a conocer, con gran insistencia, entre la sanidad militar británica. Renuentes al principio, fue probarla y aplicarla a gran número de heridos.


La tarea que realizaron Trueta y Galdestone para los aliados, la realizarían Jimeno Vidal y Kart Franz, en Viena, para los alemanes. Y con el tiempo, la usarían aún más que los propios aliados, daba la situación de desesperación de sus frentes de guerra según transcurría la 2ª Guerra Mundial. 

Jimeno Vidal.

   Y aquí, necesariamente, hay que hacer un inciso. Recordad que estas técnicas se aplican en un momento en el cual los antibióticos, o bien son desconocidos o están en sus inicios. El primero, las sulfamidas, no comenzaron a ser sintetizadas hasta 1932 – 1935 por la Bayer, bajo la dirección de Dogmak. Sin embargo, su espectro de actuación no era muy amplio, eran caras, y su toxicidad era elevada. La penicilina, pese a ser descubierta por Fleming en 1928, era muy complicada de producir, y se usaba sólo en investigación. No sería hasta la década de los 40, y gracias a las investigaciones de Florey y Chain (que recibirían el Nobel de medicina, conjuntamente con Fleming), que se podría fabricar en gran cantidad (como anécdota, el precio de fabricación por dosis en 1940 era de varios miles de dólares, en 1943, de 20 dólares, y en 1946, de 0,55$). Sin embargo, los alemanes sólo dispondrían de las primeras, y en escasas cantidades.

Los premios Nobel de medicina de 1945.

Y a todo esto, no hemos mencionado Tobruk…ni mucha falta que hace. La técnica Orr – Bastos - Trueta, para abril de 1941 que es cuando comenzó el asedio de Tobruk por las fuerzas italo-germanas del Norte de África, era bien conocida en ambos bandos. Y serían los periodistas ingleses, en especial los de la BBC, que hablando con los heridos, constatarían y darían una publicidad desmedida al método, calificando de “yeso milagroso” a la cura que permitía volver con rapidez a los soldados al frente, y les salvaba de infecciones y amputaciones, tan frecuentes en otras guerras.

Tropas de la 70th Infantry Division en Tobruk.

El método no es la panacea universal, y tiene sus defectos. El menor, es el desagradable hedor a queso putrefacto del vendaje enyesado, que parece indicar al que no lo conoce la existencia de una temible gangrena gaseosa (Trueta, en sus conferencias en Inglaterra, acuñaría la famosa expresión de “not all cheese that smells bad is a bad cheese”). Se aplicaría en el yeso levadura de cerveza para contrarrestarlo, aunque autores actuales, como el antiguo jefe del servicio de cirugía militar del Hospital Gómez Ulla, el Dr. D. Juan Moral Torres, recomendarían el uso de suero glucosado al 10% en el yeso, por su mayor eficacia. Entre los mayores está la dificultad de vigilar la herida, la gran pérdida de masa muscular que la escisión quirúrgica precisa, y la aparición de retardos de consolidación o la temible pseudoartrosis (es decir, que el hueso no suelda con tejido óseo, sino cartilaginoso, lo que provoca la aparición de una articulación “falsa” con notables efectos en la correcta movilidad de la extremidad afectada). La aparición y disponibilidad de los antibióticos modernos, así como la mejora de las técnicas quirúrgicas vasculares y ortopédicas, han disminuido en gran medida el número de pacientes a los que se les elige aplicarles la técnica.

Sin embargo, eso no quiere decir que sea obsoleta, o como algunos sugieren, sólo aplicable en las condiciones extremas de los conflictos. Bien aplicada sigue siendo enormemente útil, y el hecho de encontrarla en todo tratado de cirugía militar que se precie, y que sea aplicada por cualquier servicio de cirugía militar, de cualquier ejército del mundo, auguran, que todavía le quedan muchos años, y por desgracia, muchos conflictos donde seguir demostrando su incontestable utilidad.

Sello conmemorativo del centenario del nacimiento del Dr. Trueta.