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jueves, 30 de agosto de 2012

LAS GUERRAS SIOUX (Parte 3): La guerra de las columnas


Si pensáis que el problema con los Dakota se había solucionado con esos 38 ahorcados, es que no conocéis el carácter indómito de la nación Sioux. No todos los guerreros se habían rendido, y bandas de ellos, comenzaban a operar desde Nebraska causando problemas y ataques en el territorio de Dakota; y lo peor de todo, uniéndoseles partidas de Lakotas y Nakotas. Y aunque lo peor había pasado, la posibilidad de un nuevo alzamiento, contando esta vez con el resto de los Sioux, no debía ser despreciada.

El general Pope, como hemos visto, en un claro ejemplo de “patada hacia arriba”, había sido enviado a sofocar la rebelión de los Dakota, tras su clamorosa derrota ante Lee en la segunda batalla de Manassas. Tras la rebelión, fue nombrado gobernador militar del noroeste, y aplicó sus energías a pacificar la zona. Es curioso como la historia militar te muestra generales, que en un mando en el campo de batalla se comportan con gran ineptitud, pero que ascendidos a puestos superiores, de gestión, mando y organización, se convierten en personas muy capaces y valiosas. Éste es uno de esos ejemplos.

Y no lo tenía fácil. 1863 se veía que iba a ser especialmente decisivo para la guerra de secesión, por lo que la Unión echó toda la carne en el asador, llevándose al este las mejores unidades, armas y pertrechos, y dejando desabastecida y desguarnecida la frontera. Y a ello, añadir que no sólo los Sioux, sino también Arapahoes, Kiowas, Cheyennes y otros, aprovecharon el momento de debilidad para relanzar sus incursiones. Pope empleó el invierno entrenar a sus bisoñas tropas, conseguir más suministros, reclutar exploradores y preparase para la ofensiva.

Y de eso precisamente va este tema: cómo se luchaba contra los Sioux.

 Ya en la década de 1850, el ejército de los Estados Unidos se dio cuenta que era inútil lanzar ataques contra partidas de indios. Inútil y temerario, pues si encontrabas a una partida inferior en número, lo que realmente ocurría es que te estaban atrayendo a una emboscada. Es la gran ventaja que tienen las unidades irregulares de caballería, y más aún si son de pueblos nómadas, pueden formarse, reformarse, disolverse, concentrarse de forma inesperada contra puntos débiles, y siempre disponen de excelentes exploradores.

Además las unidades que formaban los Sioux eran muy ligeras, con muy poca impedimenta y gran capacidad de vivir del terreno. Son embargo hay una trampa en esto, común a todo ejército similar. De acuerdo que la capacidad de vivir del terreno es una gran ventaja, pero los suministros que te otorga son siempre limitados y al capricho de la naturaleza. El truco real es que tus suministros están siempre a mano, sobre el terreno y disponibles, ya sea en forma de algún caché o escondite, y sobre todo, porque disponías de una base logística móvil y muy eficaz: el poblado indio.

Los poblados Sioux tienen las mismas ventajas e inconvenientes que podían tener los de los mongoles o los hunos, por poner ejemplos históricos. Lo mejor de todo es que son móviles y puedes trasladarlos con relativa rapidez. Además, los puedes ocultar con facilidad, y puedes disimularlos con la creación de unos cuantos poblados-señuelos que confundan a los exploradores enemigos, e incluso los atraigan a una trampa. Por desgracia, si son localizados por una fuerza bien armada, no hay defensa eficaz de los mismos, más que una desesperada acción de retaguardia que permita su evacuación. Incluso una fuerza inferior en número te puede causar un gran daño en un ataque relámpago.

Campamento indio típico. Foto tomada en torma a 1880. Aún así se ve sus "extensas" y "profundas" fortificaciones...


Dentro de los poblados indios, estaba la fuerza industrial y productora imprescindible: las mujeres. El paso de un búfalo recién cazado a las pieles de la tienda y al churrasco de la hoguera no es automático, y requiere un trabajo ímprobo y pesado. Además, ellas se ocupaban de preparar la comida, ahumar el pescado, empaquetar las provisiones, montar y desmontar las tiendas, cuidar a niños, ancianos y heridos, recolectar cultivos silvestres y un largo etcétera.  A principios del siglo XX, un anciano jefe Cherokee comentó a un periodista: “antes de la llegada del hombre blanco, cuando el indio gobernaba esta tierra, había comida para todos, no había impuestos, y las mujeres hacían todo el trabajo duro. Y vino el blanco, y nos dijo que podía mejorar el sistema…”. Bromas machistas, sin gusto alguno aparte, el anciano expresaba la tremenda importancia que ese trabajo en la vida cotidiana y operaciones militares tenían las mujeres con su trabajo.


la fuerza industrial india: sus mujeres. Foto tomada, en tribu sin identificar, en torno a 1890, pero muy demostrativa de su dura existencia

No pienso entrar en polémicas estériles sobre el papel hombre – mujer en las sociedades de nativos americanos. Ni tampoco pienso que las mujeres fuesen malas guerreras, todo lo contrario. Todos aquellos que estamos casados y hemos acompañado al Ikea a nuestras chicas, sabemos por experiencia, que su capacidad de organizar y dirigir una buena incursión supera con creces a la del hombre. Pero esta división, aparentemente injusta, en una sociedad nómada, en continuo desplazamiento y conflicto es imprescindible. El guerrero debe serlo veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Debe estar en continuo movimiento y patrulla, dispuesto a no dormir muchas horas, comer poco, cabalgar sin descanso, explorar, combatir y proteger. Recordad que la base fundamental de su sociedad, el poblado no tiene apenas defensa que la  que ellos mismos, de forma móvil proporcionen. Y cualquier despiste, siempre se paga con el desastre.

Está claro que el ejército debía dedicar sus esfuerzos a encontrar los poblados y destruirlos. Y aún logrando una evacuación rápida se conseguían réditos. Cualquier herramienta, víveres, persona o caballo perdido o dejado atrás suponía un grave inconveniente para el Sioux, y más aún contando con que debían mantener unas adecuadas reservas para el duro invierno de las grandes llanuras. Si además se causaban bajas entre las mujeres, ya sea por el combate o por su captura, el daño a la estructura logística era tremendo. Estos hechos explican el porqué la caballería norteamericana masacraba poblados de forma tan asidua.

Atacar a los Sioux exigía además elegir con cuidado la estación del año: si se hacía en verano o en invierno (aquí, en ese terreno no había ni primavera ni otoño). Atacarles en verano tenía la gran ventaja de interrumpir en gran medida su ciclo de obtención de reservas para el invierno, dificultando la pesca e impidiendo una adecuada caza del búfalo. Las tropas podían vivir mejor sobre el terreno, sin depender tanto de los trenes logísticos, lo que las hacía más ágiles, y no sufrían tanto los rigores climatológicos, permitiendo campañas más prolongadas. Sin embargo, la resistencia era mucho mayor, pues había que contar con los “merodeadores de verano”, y la posibilidad de la alianza de otras partidas de indios, de otras tribus, que vieran la entrada del ejército en sus territorios de caza como una intromisión intolerable.

Realizar la campaña en invierno tenía las lógicas dificultades de operar en un durísimo clima invernal, más propio de tropas de montaña que de caballería ligera. Una dura tormenta de nieve que acabase con gran parte de las monturas podía poner en riesgo a la columna, o peor aún, que ésta se separase en grupos más pequeños, y por ende, más fácilmente atacables por partidas de indios. Sin embargo tenía la gran ventaja que pillaba a los indios en su momento más bajo, con poca caza, viviendo de reservas, y en mucho menor número. Un ataque exitoso contra un campamento Sioux en invierno, podía ser un grave desastre para esa tribu, y más aún si perdían a las mujeres, parte de los víveres y de los caballos. Y sus afamados ponies, además, estaban en grave desventaja (como toda caballería nómada) ante los caballos de los blancos: debido al invierno los pastos son muy escasos, por lo que su fuerza y resistencia es muchísimo menor. Por el contrario, el caballo del ejército, al ser alimentado con forraje y avena logra resistir mucho mejor una campaña invernal.

El duro y eficaz Pony indio. "Incluso un tullido, un niño o un anciano, armados y a caballo, siguen siendo guerreros útiles" 
 
Veamos algunos ejemplos de cómo se organizaban estas columnas.

Una vez entrenadas y abastecidas las tropas, Pope tomó la iniciativa. Organizó un plan con dos columnas, una con ya conocido general Henry Sibley, y otra, con otro mando experto en operaciones en la frontera, Alfred Sully. Sully presentaba un perfil bien curioso para el aficionado, pero a poco que leas un poco de historia, resulta ser el habitual del militar profesional de la frontera: un gran enamorado de su tierra, costumbres, y gran defensor del modo de vida indígena. Su primera mujer fue una mejicana, que murió de una epidemia de cólera mientras estaba destinado en California. Su pérdida casi acaba con él…pasados los años se casaría…¡con una Sioux! Una mujer de los Nakota, que era hija de uno de los más importantes chamanes, Saswe. La hija de ambos, Mary, recibiría el nombre indio de Akicita Win, “chica soldado”. Se casaría a su vez con un indio que se convirtió al cristianismo, y sería pastor episcopaliano. Dedicarían, los dos, su vida al bienestar y defensa de la nación Sioux. El general Sully, además, tenía, al igual que el inmortal Frederic Remington, una gran pasión por la pintura, en especial por las sencillas acuarelas. Sus obras sobre la vida en operaciones y en la frontera constituyen un gran tesoro para nosotros, generaciones posteriores, de lo que es un mundo tan extraordinario y especial.

General Alfred Sully.

 La composición de las columnas no obedecía a reglas fijas, y eran más bien Ad Hoc, dependiendo de lo que hubiese y de las preferencias de su comandante. La columna de Sibley era de 3000 hombres, con un porcentaje importante de infantería (veremos, más adelante, lo útil que era en las guerras indias) con su destacamento de artillería. Sully, prefería una fuerza más pequeña, de 1200 hombres, casi todo de caballería, con su sección de artillería.

Acuarela de Alfred Sully

Ambas columnas partirían de lugares diferentes, en fechas parecidas, con la intención de barrer el territorio de Dakota, y encontrarse en Devil’s Lake. Recordad que no existía la radio, así que el plan debía ser muy concreto, el territorio de actuación de ambas conocido, para poderse una columna en apuros buscar el amparo de la otra, y buscando que indistintamente una u otra fuese, o bien el yunque, o bien el martillo, donde llevar los campamentos indios, y destruirlos de un sólo golpe.

Voluntario de Caballería de la Unión. Foto de finales de 1861.

 Sibley lo tuvo más fácil. Salió de Camp Pope el 16 de junio de 1863, y llegó a mediados de julio a Devil’s Lake. Allí estableció, como era costumbre, un fuerte (el típico de la frontera que vemos en las películas de Hollywood). Dichas posiciones, bien fortificadas, no eran móviles como los campamentos Sioux, pero estaban muy bien protegidas y defendidas (aunque eso significase perder valiosas tropas en su guarda), y se podían dejar ahí una parte importante de los suministros de la columna, amén de servir de depósito de monturas y lugar para facilidades médicas. Los Sioux no podían tener nada parecido…

Ambulancia del US Army de la época. El hospital más cercano podía estar a varios días de marcha. los Sioux lo tenían aún peor...

A partir de ahí, el experto y agresivo Sibley persiguió los campamentos indios sin descanso. Casi los atrapa en Big Mound, casi lo logra en Dead Buffalo Lake, y mucho daño les hizo en Stony Lake. Ninguno de los encuentros fueron batallas definitivas, pero en cada una de ellas, los Dakota y sus aliados perdían suministros, caballos, guerreros expertos…y su base logística: mujeres capturadas. Sin embargo, llegado a este punto sus suministros eran escasos, así que decidió unirse a la columna de Sully. No la halló (lo normal, vamos), y se acabó retirando a Fort Snelling (Mn).
Sully tuvo dificultades desde el principio. Su punto de partida estaba mucho más al oeste, y pensaba trasladar sus tropas por el Alto Missouri. Sin embargo, su ínfimo caudal para la época, significó que no pudo operar hasta mediados de Agosto. Su campaña fue más corta, pero parecida. Se topó el 3 de septiembre de 1863, con un enorme poblado indio de más de 1000 guerreros. Conocía perfectamente a los Sioux, y sabía, que pese a su bravura, sus competencias en combate por la noche eran lamentables. Así que lanzó un asalto nocturno. Y como todo combate de tal índole, se convirtió en un caos brutal, y en una pelea salvaje. Tuvo 20 muertos y 38 heridos. Los indios, perdieron cerca de 200 guerreros, 250 mujeres y niños capturados, casi todos sus caballos, y una parte importante de sus suministros para el invierno. Era una derrota total para esas tribus. Escaso de suministros, volvió a Fort Randall.
Remataría el trabajo, Sully, en Junio de 1864. Con una columna única de 3000 hombres, y muy buenos exploradores Nakota y Crow, se adentró en territorio de Dakota. De inmediato, lo habitual, fundó Fort Rice. Y luego se lanzó a encontrar los campamentos indios. El 28 de julio de 1864, en Killdeer Mountain encontró un campamento Sioux gigantesco. Y adoptó una táctica única y pelicular: formó un cuadrado móvil.
Campañas de Pope, en 1863 y 1864. Fuente: "Atlas of the sioux wars". Combat Studies Institute Press

En estrategia militar del periodo, ese cuadrado móvil estaba más que desprestigiado. En la batalla de Wagram, en 1809, el general francés MacDonald montó un asalto con un gigantesco cuadrado de 8000 hombres, que fue hecho picadillo bien fino por los expertos artilleros austriacos. Un blanco enorme y tentador. Pero los Sioux no tenían artillería…

El cuadrado de MacDonald en Wagram. Fuente: "Aspern & Wagram 1809". Osprey Publishing, Campaign nº 33.

Algunos ex – oficiales del ejército británico, emigrantes en los EEUU, habían sugerido, alguna vez, a Sully, esta formación. Contra un ejército occidental era un suicidio. Pero era la habitual del imperio de su graciosa majestad en las colonias. Los Sioux no se podían creer el pedazo bocado de tarta que les ofrecían, pero se equivocaban. No era un bocado, era la tarta entera, y no tenían tantos dientes para ella. Ataque tras ataque, carga tras carga, intento tras intento, sus esfuerzos se estrellaron contra ese leviatán móvil. Lo peor: que perdieron un tiempo precioso en evacuar su campamento, que perderían en su casi totalidad, con todo su imprescindible contenido humano y material. Después de esta gran victoria, y tras una demostración de fuerza contra los Lakota, volvería esta columna, a Fort Ridgeley.
Estos éxitos se consiguieron contra los debilitados Dakotas, y una ayuda poco consistente de Lakotas y algunos Nakotas. Pero ahora, y aunque sea adelantar acontecimientos, veamos, lo que podía ocurrir con una mala planificación, contra los aguerridos y unidos Lakota.
En 1865, una banda importante de guerreros Lakota incursionó en Platte Bridge, muy cerca de la senda Bozeman (os hablo en un post de ella). La alarma fue enorme, y el mando de la región, el general Patrick E. Connor, montó un ataque de tres columnas convergentes hacia Rosebud Creek. La primera, de 1400 hombres de caballería, la mandaría el coronel Nelson Cole, y partiría de Omaha. La segunda, al mando del teniente coronel Samuel Walter, y con 600 miembros de la caballería de voluntarios, partiría de Fort Laramie. Y la tercera, al mando de Connor, partiendo de Fort Laramie y Fort Mitchell, sería la fuerza principal, con 558 hombres veteranos de caballería y 179 exploradores indios. Contaría además cada fuerza, por propia decisión del general, con un buen destacamento de artillería a caballo; decisión que salvaría la cabellera de la mayor parte de sus hombres.

La Campaña de Connor. Fuente: "Atlas of the sioux wars". Combat Studies Institute Press

A Connor no le fue mal del todo, estableció su fuerte a finales de Agosto (Fort Connor…¡toma humildad!) y comenzó sus operaciones. En su zona encontró un gran campamento Arapahoe, mandado por Oso Negro, cerca de Tongue River. En un ataque bien planeado, destrozó la retaguardia india, y logró, pese a la huida de la mayoría del poblado, matar a casi todos los caballos indios. Los dejó así sin apenas capacidad ofensiva. La victoria fue aún mayor, cuando a principios de septiembre, empezaron de forma temprana, las primeras tormentas de nieve en el territorio. Así que se lanzó a enlazar con Cole y Walter, a fin de formar una columna más compacta.

Jefe Arapaohoe Cara de pólvora. Foto tomada en 1876.

A Cole y Walter no les iba nada bien. Aunque habían logrado unirse el 18 de agosto, estaban topándose con todos los Lakota de la región. Y peor, aún, no hallaban campamento alguno. Y a todo eso, a principios de septiembre, los peligrosos temporales de nieve de las llanuras. Sólo la primera noche perdieron 200 mulas y caballos. Y para empeorar el cuadro, los Cheyennes se unieron a los Lakota. 

Guerreros Cheyenne del afamado show de Búfalo Bill. Aún así, se puede percibir la bravura en sus facciones...

Lo que siguió fue una triste retirada, con ataques constantes de los indios, y pérdida de provisiones, monturas y hombres. Les salvó la artillería…en cada ataque la columna cerraba en cuadro, con la artillería sacudiendo botes de metralla sin parar, y voleas constantes de los fusiles de los soldados. El 5 de septiembre, además, y de forma fortuita se encontraron con un gran poblado Sioux – Cheyenne…y si no llega a ser por la artillería y sus servidores no lo hubiesen contado. Pero la evacuación y protección posterior del poblado les dieron un respiro, que les permitió retirarse a Fort Connor, donde llegaron desechos y exhaustos el 21 de septiembre. Las fuerzas de Connor, sin haber encontrado a los indios ni haber podido contactar con ellos, llegaron, también exhaustas, el día 24 de septiembre. El desastre se había evitado por los pelos…

Jefe Sioux Lakota. Óleo de Frederic Remington

La ofensiva era un fracaso, y los indios se envalentonaron por lo que consideraban una gran victoria. Como siempre, tendría consecuencias, a todo lo largo de la infame senda Bozeman…


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